“LEGADO DE BENDICIÓN” – BETTY FREIDZON

15/07/2020

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Nuestro Dios es fuerte y piadoso. Tardo para la ira y grande en misericordia. Él convoca el accionar de la mujer en la tarea de manifestar Su amor en la ciudad.

La Palabra de Dios nos dice en la carta a los efesios, en el capíitulo tres, versículo catorce: “Cuando pienso en todo esto, caigo de rodillas y elevo una oración al Padre”. (Efesios 3 -14 NTV).

Ese es mi sentir cuando pienso en que un poderoso ejército, representado por la acción que lleva adelante la mujer, impulsa el movimiento que desarrolla la iglesia.

El amor de Dios se manifiesta a través de un gran grupo que se levanta para tener una presencia notoria en la ciudad de Buenos Aires.

Días de amor extremo; días de compasión, días de misericiordia, donde se ven emergencias, inundaciones, dolor,  son los llamados que tiene para nosotras el Señor.

La misericordia de Dios significa que Él pone su corazón sobre nuestras miserias, para amarnos, para sanarnos, para levantarnos y engrandecernos “sobre lo que no es”.

El mayor gozo que podemos experimentar es decirle al Espíritu Santo cada día: “heme aquí, la nada misma, dispuesta a hacer la obra”.

A través de los tiempos, varias mujeres evangelistas tuvieron un rol destacado en la transformación espiritual de la sociedad, habiendo enfrentado crisis que impactaron más allá de su entorno. Ellas se atrevieron a creerle a Dios. Mujeres que no miraron “su pequeñez”.

Ellas pusieron su mirada en Aquel que rompió los límites.

Esas mujeres se levantaron en medio de épocas donde era difícil poder hablar desde una plataforma y anunciar las buenas nuevas del Reino.

Sin embargo fueron llamadas por Dios. Eso fue lo que transformó su condición. No había nada que las pudiera detener, porque el llamado es más fuerte cuando proviene de la voz de Dios.

Esa misma voz del Señor, es la que hoy nos está diciendo a nosotras: “¿Qué están haciendo en estos tiempos de dolor, crisis y catástrofes”?

Dios nos hace participar de una “novedad de vida” y en esa vida eterna; en esa vida poderosa; la vida de Cristo, donde todos los días y en medio de las dificultades nos hace plantar la bandera de la fe.

Declaremos que en cada lugar que estemos será “casa de Dios y puerta del Cielo”.

Sabemos con certidumbre lo que afirma la Palabra: “Aquel que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente”. (Salmos 91-1 RV)

La voz de Dios nos llama, ahora más que nunca, diciéndonos: “levántate mujer, así como Débora se levantó; como Ester lo hizo…levántate en tu generación…sé valiente y fuerte”.

Debemos levantar nuestros ojos a los cielos en estos tiempos. Estas no son épocas para retroceder y cerrar los ojos. El Señor está llamando a las mujeres de esta generación, a ser instrumentos de su obra; mujeres de influencia.

Estamos destinadas a ser autoras de una nueva historia, que será el mejor legado; la mayor herencia; el mejor tesoro que le podemos entregar a aquellos que el Señor ha puesto en nuestras vidas.

Son tiempos para ver más que nunca al amado, al redentor; a la esperanza, siendo “prisioneras de esa esperanza maravillosa”, que es Jesucristo.

Estos tiempos donde la humanidad está centrando su pensamiento en la desesperanza y la incertidumbre, son donde debemos traer ese renuevo; esa esperanza y ese ánimo sustentado en el amor de Jesús.