“CÓMO MANTENER EL FUEGO DEL ESPÍRITU” – DR. CLAUDIO FREIDZON

01/07/2020

Tiempo de lectura: 4 minutos

El Espíritu Santo se movió de una manera especial en la década de los 90. No fue solo una visita; Él vino a habitar en medio nuestro. Anhelamos que el fuego del Espíritu arda como nunca antes. Que esa unción que ha visitado a la iglesia sea redescubierta por esta nueva generación que hoy tiene hambre y sed de Su Presencia.
Que el Espíritu Santo descienda inundando los corazones como lo hizo en pentecostés. Esperemos con anhelo, con un amor ardiente y en obediencia, como lo hicieron los ciento veinte en el aposento alto.

“La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera”. (Hageo 2:9).

En medio de este tiempo de pandemia, más que nunca tenemos que ganar la batalla a través de las fuerzas espirituales que vienen del Cielo.

“Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho el Señor de los ejércitos”. (Zacarías 4:6)

Tenemos la tarea enorme de reconstruir una generación devastada por el pecado. ¡Que ese montón de escombros se convierta en una morada de Dios! Hay una montaña de humanismo, de pensamientos que están desviando a las personas de Su voluntad. Necesitamos poder para cumplir la misión que El Señor nos mandó: ser luz, anunciar el mensaje de salvación.

No podemos hacerlo con nuestras fuerzas. El Espíritu Santo nos hace permanecer arraigados en la verdad de Dios para dar frutos.

“Ahora voy a enviarles lo que ha prometido mi Padre; pero ustedes quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto”.(Lucas 24:49)

Para ser revestidos de Su poder, debemos primero vaciarnos del orgullo y la autosuficiencia, reconociendo nuestra dependencia de Dios. Necesitamos mantener la llama del Espíritu para avanzar, en medio de la crisis, con la autoridad de Cristo.

 “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. (Hechos 1:8)

El Señor edifica su iglesia. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.  Así como el Señor sopló vida sobre Adán y sobre los discípulos, dando origen a la iglesia; necesitamos que hoy sople el poder de lo alto para que el fuego no se apague y la pasión no se debilite.

Los primeros apóstoles, como Pablo y Silas, sufrieron persecución y fueron llevados cautivos a causa de la predicación de la palabra.

“Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo. Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían. Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido. Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí. El entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios”. (Hechos 16:23-26)

Muchas veces los azotes que sufrimos en el corazón nos provocan desánimo y falta de fe; sin embargo, El Señor quiere mover Su mano a nuestro favor. Determinemos en nuestro espíritu el deseo de adorar y levantar nuestras voces agradeciendo Su amor, Su soberanía, Su salvación; Su Palabra que produce gozo en nuestras vidas.  Dios se quiere mover en el momento de la dificultad. ¡Vendrá un de repente que romperá las cadenas!

Cuando adoramos a Dios, lo hacemos con fundamento. Pablo y Silas conocían a Quién adoraban.

“Las enseñanzas del Señor son perfectas, reavivan el alma. Los decretos del Señor son confiables, hacen sabio al sencillo. Los mandamientos del Señor son rectos; traen alegría al corazón. Los mandatos del Señor son claros; dan buena percepción para vivir. La reverencia al Señor es pura, permanece para siempre. Las leyes del Señor son verdaderas, cada una de ellas es imparcial”. (Salmos 19:7-9)

Las propias palabras de Dios traen avivamiento al alma.

Entreguémosle nuestro futuro al Señor porque de esta medianoche vendrán tiempos donde nos sorprenderemos. Es tiempo de fe, de crecimiento y arraigo espiritual. Es tiempo de tratar con gigantes interiores de temor.

El Espíritu de Dios se mueve a través de la Palabra reavivando tu corazón, dándote vida y la esperanza que habías perdido. Sopla sobre todo lo que está caído, muerto, desmembrado… El temor reverente al Señor despierta los corazones apagados.

¡En esos valles de huesos secos, levantará un ejército poderoso que avanzará cumpliendo el propósito de Dios en esta tierra!